Colgados

Colgando estoy de una rama
que no es alta, ni baja.
No es tan fuerte que digamos
pero me mantiene de pie.
Mas da igual, yo, ya no veo.
Mis párpados están cansados
y camino muy despacio
por el peso de mis pies.

Mi pueblo duerme,
y yo con ellos,
el sueño de la desidia.
Manos caídas,
hombros pesados
corazon congelado
por batallón fulminado...
Batallón de mentiras y robos,
vivimos como Juan Bobo.
Batallón de politiquería,
gobiernos de porquería.
Batallón de criminalidad,
"que se joda la humanidad"
Drogas para el dolor
cápsulas para no pensar
comidas que te hacen daño
laxantes para ir al baño...,
se busca curar el cáncer
mas el cáncer social
se come
la médula de la sociedad
y se infiltra invisible
adormece la conciencia
te consume la razón
cagándose en tus valores
enferma tu corazón...

Colgando estoy de una rama
y me afixia la visión.

Pena de su pena

A mi isla Puerto Rico
Colonia del imperialismo Yankie

Siento vértigo con náusea 
por mi pueblo,
siento pena de su pena
y su lamento.
Un lamento que me implica
en el tormento
de poseer un campo
de nosotros
que es no nuestro.
Un tormento que
impregnado con su sangre,
va acuñado en el centro
de su vientre,
en sus genes, en sus poros
en su herencia majestuosa
que enmudece ensimismada
y se enrosca en la parte posterior
de su alma errada.
Un tormento
del que no se habla, se respira
y que a todos amortaja
en su momento.
Que dio a luz a los hijos
de su tierra
y rompió con su grito
algún silencio.
Y yo escuché llorar
al mundo entero
por los hijos
que parió en su cautiverio.

Besos de amapola

Quise robar la luz de las estrellas 
para explorar contigo en otros cielos.
Y disfrutar el mínimo momento
en que tus manos lentamente
exploran las sendas
de mi cuerpo.

Y tomé prestado el tálamo
de tus sueños
para crear contigo
quimeras endulzadas.
Para poder sentir tus labios
llenando de besos
y ternura
el deseo de amor
de mi piel desnuda.

Y me vestí la noche
para admirar tu luna.
Te acaricie pausada
de pétalos, ternura.
Me rendí a tu mar
para saciar tus olas
y en tu tiesura de hombre
mis besos de amapola.

Mar Caribe

Mar de mi amor y de mi infancia. 
En tí navegan mis sueños más queridos.
En tí, mi cuerpo de doncella enamorada
exploró bajo tus aguas, sumergido.

Recibiendo el bautismo de Cupido,
en tus olas aprendí a bailar el ritmo
tu marea me acunó, trigo mecido
a tu orilla entregué mi pecho, florecido.

Deja que otra vez sumerja mis sentidos,
para ahogar la angustia de esta pena,
y en lo profundo de tu hermoso azul plateado...
Que mi llanto se mezcle con la arena.
¡A veces cuando el Caribe besa la arena lo escucha desde lejos mi alma de sirena!

Armonía

A veces siento en mi alma
un jardín florecido,
una noche de estrellas,
un calor sin abrigo.
La más pura armonía
entre recuerdos y olvidos.
Es un sueño de voz,
poeta,
verso,
y sonido.

A veces en el silencio
me siento en tal libertad,
forjando nuevos caminos,
soy río que va hacia mar.
Soy gaviota de la luna,
soy voz de un nuevo cantar,
soy semilla
con el numen.
Soy rosa en un nuevo rosal.

Oda de amores

¡Oda de amores, frío de otoño!...
La noche escribe un verso
a su luna, enamorada
que en la oscuridad sale
a mostrar su rostro hermoso
y sobre el vaivén de las olas
cabalga en la blanca espuma
hasta llegar a la arena
y allí se muestra desnuda
con esa piel de plata pura
y sus lunares de locura.

“¡Que no sepa
que escondido
entre la bruma he admirado
su reflejo en las aguas,
cuando bajaba a besarse
en furtivas escapadas!”.
“¡Que no sepa
que en mis sueños
también deseé besarla
entregándome en sus brazos
de olas, de espuma y de plata!"
Rincón, Puerto Rico

Cielo vespertino

Luciendo un traje de papel crepé
ojos empañados tratando de ver
miro hacia el ocaso
y al verte a mi lado...
¡Descanso !

Extiendo mis alas como golondrina
comienzo mi canto, canción vespertina.
Amor en mil versos
aguas cristalinas...
¡Remanso !

Y te siento cerca, en la misma piel
que ya no es tan tersa, es como papel.
Esos ojos verdes que tanto he amado
los veo rodeados por veredas de años.
Caminamos lento
pesados, cansados
mas es como nuevo
este amor de antaño.

Tarde otoñal

En esta piel que fue ocupada
por hermosos tonos de la primavera
la ilusión de ensueños se ha escurrido
y se disipa como bruma aventurera.

Caminos escondidos a mis ojos
fragmentan la visión de noche y día.
Una puerta que no tiene cerrojo
se abre hacía el hangar de mi agonía.

«¡Qué daría por tener una sonrisa!»
«¡Qué daría por poder cerrar mis ojos!»

Llega el otoño
y me ha vencido con premura,
la invasión de un frío interno
(preludio de la escarcha que avecina)...

Y mi cuerpo,
que fue cual flor de mayo,
presumiendo los colores de la vida
será blanco humo que no espesa, neblina pasajera que se olvida.

Tierra ajena


Poseo un cuaderno
donde escribo mis sentires.
Un lapicero de colores
para cambiar humores.
Una regla, un compás
y unas tijeras,
óleos, pinturas y pinceles,
atesorados en un baúl cuadrado.
Y en una esquina colgando
mirando hacia el infinito,
un pajarito enjaulado.

Un artefacto que registra
mis latidos
mientras yo trazo el proceso
sobre un papel cuadriculado.
Tengo un libro
releído siete veces,
que me ha enseñado a descifrar
el misterio de los meses...

Setecientos noventa y dos
y continuan pasando
demostrando que el final
viene ligado con mi aliento.
Y mientras más respiro,
indefectiblemente más se acerca...
Y se aproxima victorioso
en las manijas del tiempo.

Aprendí que la primavera
solo dura unos segundos.
Que existe un invierno
en el que no calienta
un abrigo.
Que el verano sin lluvia
se hace eterno
y el otoño deshoja tu piel,
sobre el camino...

Que los sueños en la vida
son un coma profundo
y cuando por fin abres tus ojos
te queda muy poco de vida
en este mundo.
Que no hay enfermedad peor
que el estar ciego
con la ceguera apática
del individualismo.

Pero a veces cuando el Caribe
besa la arena
lo escucha desde lejos
mi alma de sirena,
que muere cada día extranjera
ansiando el cielo azul celeste
de mi isla, en tierra ajena.